
Madonna: Poder sin límites
La leyenda dice que una joven llamada Madonna Louise Veronica Ciccone de la ciudad de Bay City (Michigan) llegó a Nueva York a finales de 1977, con 26 dólares en el bolsillo y una maleta con poca ropa y unas zapatillas de ballet.
Otros dicen que llegó con 35, que tenía una libreta llena de teléfonos y contactos para llamar y darse a conocer. Algunos, incluso, han agrandado el mito, asegurando que tenía la codicia en sus ojos y que no iba a descansar hasta conseguir su objetivo. La ciudad que la recibió, ese eterno hervidero creativo donde la crisis es siempre una oportunidad, vivía su propio esplendor sonoro. Por un lado, estaba una nueva camada de artistas que escribía su historia en el extinto local CGBG. Otros se refugiaban en la llamada no-wave; los afrodescendientes contaban su barrio a través del hip hop, los latinos cultivaban la salsa y la onda ‘nuyorican’ y la industria musical basaba su negocio en la venta de sencillos y elepés. Como cualquier joven con sueños, Madonna llegó buscando su lugar en el mundo.
Hoy, 35 años después, el nombre de Madonna Louise Veronica Ciccone tiene 280.000.000 de registros de búsqueda en Google y reina en un imperio artístico y comercial que le permite ejercer de diva, madre, jefa y hasta consejera espiritual. Su imagen es sinónimo de cifras astronómicas: desde sus aproximadamente 300 millones de discos vendidos en el planeta, hasta su incalculable fortuna, entre 400 millones de dólares y 1 billón. Las publicaciones financieras hacen referencia a sus estrategias comerciales (sus giras se cuentan entre las diez más rentables de todos los tiempos), las de música la abordan como el ícono, el mito y la gran artista pop de las últimas tres décadas y las de moda se ocupan de ella como referente en vestuario, peinados y maquillaje.
¿Qué hay detrás de esta mujer-máquina-música con nombre de santa católica? Sin duda una personalidad imbatible que se reinventa sin perder jamás su esencia.
Las claves de su éxito musical
El lugar común y obvio es decirle ‘la Chica Material’. Bien le quedaba en sus inicios en los ochenta, bien puede quedarle todavía. Lo cierto es que desde sus comienzos esta mujer ha sabido rodearse. Por interés o por simple intuición. Quienes le siguen la pista recuerdan cómo tras los beats y los sonidos funk que se daban a conocer con sus discos Madonna (1983) y Material Girl (1984), estaba una mujer que se había unido a productores como John ‘Jellybean’ Benítez y Nile Rodgers, con los que el éxito en las pistas de baile pasaría de ser un sueño local a una realidad mundial.
Esos inicios, un tanto convulsos, catapultaron a la cantante y le abrieron las puertas al cine con producciones (desafortunadas para ella) como Buscando desesperadamente a Susan (1985), Sorpresa en Shanghái (1986), ¿Quién es esa chica? (1987) y Noches de Broadway (1989). Atrás quedó el sueño, porque comenzó una nueva realidad, en la que la artista ya no tenía que lavar platos o medir sus gastos, pues se había convertido en la nueva máquina de hacer billetes de una industria ávida de fetiches. Dos discos más, True Blue (1986) y Like A Prayer (1989), le dan la madurez musical y lírica que le permite llegar a nuevas y viejas audiencias. El eterno tema del amor está presente en sus canciones, pero también hay momentos para pensar en el universo femenino a través de reflexiones sobre la vida moderna.
El cierre de la década, con la polémica canción Like a Prayer, serviría para ponerla en la mira de críticos que la tacharían de insolente. Incluso hubo quienes consideraron que sus días estaban contados en el mundo de la música. Pero si hay algo que bien sabe hacer ella es reinventarse y replantearse todo. Si la polémica de aquel momento fue religiosa por su aproximación al mundo católico, después vendría una que subiría considerablemente de tono. Tres años después, con Erotica (1992), Madonna se desprende de lo joven y adolescente, de lo juguetón y masivo, para abordar lo natural y sórdido, los fetiches y el erotismo con un libro llamado Sex. Sería uno de los primeros lanzamientos de la compañía Maverick, una reunión de esfuerzos alrededor del cine, la música y otras artes con las que Madonna comenzaba la década y con la cual tomaba las riendas sobre sus impulsos creativos. Esos mismos noventa le permitieron seguir rodeada de productores como Nellee Hooper, Babyface, Dallas Austin y uno con el cual ha mantenido un largo recorrido: William Orbit.
Así que en esta misma década sus discos pasan por el sonido dance, el trip hop y hasta el R&B, sin perder además el camino musical de los éxitos, las giras, el mercadeo y los videos que van por delante en materia de vanguardia y modernidad. Del referido Sex, pasa a Bedtime Stories (1994) y culmina con uno de los más importantes en toda su carrera: Ray of Light (1998). Esta producción estaba enfocada a desprenderse de la mirada material para buscar el lado espiritual y natural; el éxito fue rotundo: 20 millones de copias vendidas.
Madonna entraría además a estudiar las doctrinas de la cábala y algunas escuelas filosóficas orientales para buscar otro rumbo. Pero es también en esta década cuando llega su primera hija, Lourdes. La pequeña nace como fruto de una corta relación con un bailarín cubano llamado Carlos León. Fue además el momento para interpretar a Eva Perón en la película de Alan Parker, en lo que puede considerarse como la historia de un mito viviente que interpreta a otro mito. Si damos un salto en el tiempo nos encontramos con MDNA, su más reciente disco, en el que juega a contener una nueva versión de su nombre y también de la droga sintética MDMA (éxtasis). Hay quienes se preguntan si a sus 54 años no es demasiado mayor para ese tipo de canciones. La respuesta es no. Basta con verla sobre un escenario.
Una jugada estratégica
Con el inicio de la década del 2000, Madonna comenzaría otra relación amorosa. Esta vez con el director británico Guy Ritchie. Nacería además su segundo hijo: Rocco. (Posteriormente adoptaría a un niño y una niña). Una primera década tan activa como prolífica, donde sus discos Music (2000), American Life (2003), Confessions on a Dance Floor (2005) y Hard Candy (2008) seguirían siendo sus mejores cartas de presentación. Y sin perder la brújula del negocio y de la industria musical emprendería una jugada estratégica: desvincularse de la multinacional discográfica Warner, para entrar a formar parte de un selecto y prometedor grupo de artistas, en la iniciativa empresarial conocida como Live Nation, que le otorgó un contrato de 120 millones de dólares por diez años y el control sobre sus derechos de autor. La década cerraría con una Madonna celebridad planetaria; entraría al Salón de la Fama del Rock en el 2008 y su nombre sería inamovible de la lista de mujeres más influyentes en la música, la moda y la cultura pop.








































